(Fotografía de Jorge Raedó. Todas las fotos de este artículo son de proyectos suyos realizados en Botogá)

“El aprendizaje del arte permite tejer comunidad y expresarse de manera pacífica”.
Jorge Raedó Álvarez

(Fragmentos de la entrevista realizada por María Ester Roblero, para el libro ‘EDUCAR, ¿PARA QUÉ? MENSAJES PARA UNA EDUCACIÓN CON FUTURO’. Publicado por la Revista Mensaje de Chile en 2024.)  link del libro aquí.

Jorge Raedó

¿Tiene espacio el arte en los programas de educación? Este educador, dramaturgo y artista español constata cómo en casi todo el mundo, a la hora de diseñar los currículos escolares, son las artes y las ciencias las más castigadas.

En su original propuesta de trabajo, Jorge Raedó implementa talleres de enseñanza de arquitectura para niños. “La arquitectura es un lenguaje y un hecho social e histórico, que enseña a los niños sobre estructuras, materiales, conceptos de ciudad, convivencia social y, sobre todo, desarrolla su conciencia espacial”, dice.

Estíbaliz Ruiz Madre y Jorge Raedó, director de escena, en los ensayos de la ópera ‘La Mare dels Peixos’. Estrenada en València en diciembre de 2016, música de  Jorge Sastre Roger Dannenberg y libreto de Aurora Clari i Carles Iborra. Saber más aquí. Foto compañía

jorge Raedó (Zaragoza, 1969) quiso ser arquitecto al salir del colegio. Luego de tres años migró a la dramaturgia y a las artes escénicas, pero llevándose el convencimiento de que la comprensión de la arquitectura y el urbanismo genera ciudadanos críticos, conscientes y exigentes. Por ello, tras trabajar en una treintena de espectáculos de tea- tro catalanes, a partir de 2008 comenzó a crear proyectos de educación para niños, uniendo sus dos pasiones: la ar- quitectura y el teatro. Desde el año 2011 vivió en Finlandia, donde trabajó como director educativo de varias óperas en colegios que buscaban que los alumnos se sintieran ciu- dadanos e incrementaran su sentido de pertenencia hacia sus escuelas y barrios. A partir de 2015 vive en Colombia, y desde la ciudad de Bogotá continúa viajando e implementando proyectos de arte para infancia en numerosos países.

EL ARTE Y LA CIENCIA ILUMINAN LA REALIDAD

Usted ha señalado que sin expresión artística no hay construcción de la infancia. ¿Puede ahondar en esta afirmación?

 Sí, para hacerlo tengo que referirme a mis visiones conceptuales. Todos vivimos insertos en atmósferas culturales, a las que llamo “burbujas”. La atmósfera cultural no es la misma en Santiago que en otras ciudades o barrios de Chile, o en Bogotá. El niño crece dentro de esa burbuja y esa atmósfera le da la forma. Suelo dibujar la atmósfera cultural como un montón de rayas, que representan un sinfín de lenguajes que rodean al niño. Yo divido esos lenguajes en mecánicos y en especulativos. Los lenguajes mecánicos corresponden a los rituales de convivencia: cada día nos levantamos, salimos a la calle, respondemos a los semáforos y llegamos al colegio, donde también existen unos rituales que se repiten. Gracias a esos rituales o lenguajes mecánicos, aprendemos por mímesis.

Foto Jorge Raedó

Pero, luego, también existen unos lenguajes propios de las ciencias y las artes, a los que llamo espe- culativos, que nos permiten entendernos y entender el entorno. Sin todos estos lenguajes no podríamos convivir, no habría una convivencia pacífica. Entonces, cuando digo que sin expresión artística no hay construcción de la infancia, es porque el niño crece dentro de una atmósfera cultural que le da la forma, y en esta atmósfera el aprendizaje de las artes te permite entender a los otros, tejer comunidad y expresarte, de una manera pacífica. Creo que nuestro ADN, este que llevamos aquí dentro, no importa mucho a la hora de la evolución del niño. Afecta mucho más el ADN cultural: la educación, los barrios, las circunstancias que pueden iluminar, o no, a los niños.

En ese sentido, usted también ha escrito que arte y ciencia son un esfuerzo por crear luz.

En su último libro El mundo y sus demonios, el científico Carl Sagan dice que la ciencia es una luz en la oscuridad porque vivimos rodeados de modas y creencias sin ninguna base científica, que nos enceguecen y confunden. Por ejemplo, durante la pandemia mucha gente creía en teorías y especulaciones sin ningún asidero. Fue la ciencia la que iluminó ese momento. Las artes, al igual que la ciencia, nos dan luz para entender al mundo y al otro.

Foto Jorge Raedó

En concreto, ¿cómo trabaja usted con los niños a través del arte?

A través del arte suelo trabajar con tres “incompetencias” básicas con que todos contamos. Aunque suene paradójico, yo las llamo incompetencias porque no me gusta hablar de competencias y porque el arte es un juego también. Se trata de tres incompetencias positivas: naturaleza, poesía y utopía. Con naturaleza me refiero a los múltiples lenguajes con que contamos los seres humanos, porque creo que a través de las técnicas y métodos de las artes, podemos superar el lenguaje reducido que el niño ha aprendido en su burbuja y expresarse más allá de esa cosmovisión, construir su propia narración, aunque inevitablemente, toda narración personal está dentro de una narración colectiva.

Foto Jorge Raedó

La otra incompetencia que suelo utilizar es la poesía, que es un uso deter- minado del lenguaje, para trascender al propio lenguaje. Al hacerlo, logramos una actitud diferente porque comenzamos a comunicar emociones. Y la tercera incompetencia es la utopía, es la capacidad de imaginar algo que no existe y hacerlo. Por ejemplo, al pintar un cuadro transformamos un lienzo en blanco en aquello que tú imaginas. Y con las técnicas con que trabajo, el niño puede transmitir algo al escribir un poema, un haiku, una carta sencilla, o proyectar un edificio. Todo eso, son utopías. Pueden ser grandes o pequeñas. Pero lo importante es que eso se logra a través de técnicas y métodos: el arte y la ciencia se apoyan en el aprendizaje de esas técnicas y metodologías. Cuando expulsan a las artes de los programas escolares se equivocan muchísimo, pues expulsan técnicas y métodos que nos iluminan. Vuelvo al ejemplo de la pandemia, sin ciencia nos habríamos quedado en oscuras creencias y teorías.

EL ÍMPETU DEL JUEGO

Recién señaló que como artista recurre al juego. ¿Qué importancia tiene el juego en la educación de los niños?

Hay un libro que suelo citar mucho: Cartas sobre la educación estética del hombre, del romántico alemán Friedrich Schiller, que terminó de escribir en 1795. En ese libro él expresa una idea que yo suelo dibujar con una balanza. Dice que por un lado está el fuego: las emociones, las pasiones personales y colectivas. Y, por otro, está el hielo: la estructura, las leyes, la norma, la tradición. Él explica que el artista está en búsqueda del punto medio, porque si se queda solo en el fuego, en las pasiones, nadie lo va a entender. Y si se queda rígido, en la expresión formal de unas tradiciones, no está diciendo nada. Al punto medio, Schiller lo llama el ímpetu de juego, es decir, gracias al ímpetu de juego, se crea la forma viva, el verdadero arte. Pues bien, el niño es un especialista del ímpetu de juego. Cuando los niños están jugando libres, están siempre reinventando las convenciones. Un profesor, al guiarlos hacia el equilibrio, al apoyarse en su capacidad de jugar, puede situarse en ese punto de equilibrio que puede resumirse en la palabra “buscar”. Yo diría que la belleza está precisamente en ese buscar.

Foto Jorge Raedó

Puede parecer paradójico lo que señala, ya que muchas personas pueden creer que a los niños el arte les nace de manera espontánea. Usted más bien compara el arte con método, técnicas, disciplina, búsqueda, lucha…

¡Es que las artes no salen espontáneas! Eso es imposible. Las artes son disciplinas. Un libro, un poema, una composición, una performance, un cuadro, un edificio…, es un viaje para crear esa obra, pero finalmente es la obra concreta. Esto lo tengo que reafirmar, porque hay mucha gente del arte contemporáneo que desprecia la obra y se queda en el proceso, en la experiencia. Cuando veo “Las meninas”, claro, entiendo que Velázquez pintó esa obra con una serie de emociones, pero hoy, al contemplarla, me impacta su técnica, método y disciplina. Él sabía mucho y nos lo transmite a través de la técnica. Para hacer un edificio, una escultura, escribir un poema o crear una obra musical, necesitas inspiración, pero no lo puedes crear sin disciplinas y conocimientos.

Foto Jorge Raedó

¿Cree que el arte ayuda a que los niños descubran mejor su lugar en el mundo?

Exacto. Porque al final, ¿qué queremos los educadores? Que los estudiantes encuentren su lugar y que den lo mejor de sí mismos. A través de la educación ayudamos a que los niños sean felices, pero la felicidad es una palabra un poco rara, ¿no? ¿Qué quiere decir feliz? Porque cada uno es feliz de una manera. Hay gente que es feliz trabajando mucho y otros estando con la familia mucho tiempo. Esa pregunta nos lleva a otra: ¿qué tipo o modelo de sociedad queremos?

Foto Jorge Raedó

Esto lo analiza muy bien Gert Biesta, pedagogo holandés, en su libro Redescubrir la enseñanza. Durante el siglo XX se insistió mucho en que la educación tiene que estar centrada en el niño, lo que está muy bien si pensamos en lo que ocurría antes. Sin embargo, Biesta agrega que la educación también debe estar centrada en el mundo, porque la educación escolar obligatoria es la que da forma a la sociedad. Él señala que los maestros debemos hacer que el niño descubra el mundo y centrarnos en este descubrimiento. A mí me gusta esta idea, porque implica dar herramientas a los niños para ese viaje. El colegio es un lugar artificial, de espacio y tiempo acotados, y existe para provocar este encuentro del niño con el mundo. ¿Cómo queremos que sea ese encuentro? Si queremos que sea lleno de motivación, con ímpetu explorador y espíritu crítico para mejorarlo, es muy distinto a si queremos que sea solo trasgresión.

En ese sentido, con los proyectos educativos de arquitectura que usted realiza con los niños, ¿qué busca?

Planteo la arquitectura como un despertar y fortalecimiento de la conciencia espacial de los estudiantes. De manera concreta, ¿por qué es bueno que los niños aprendan arquitectura? Enumero tres argumentos: el espacio o la arquitectura es una realidad objetivable que define el entorno físico de las personas y sociedades, y que se puede medir, estudiar y transformar. Eso, en sí, ya es un ejercicio metodológico fascinante, muy útil para la cabeza y para ubicar tu cuerpo en esta abstracción. En segundo lugar, la arquitectura para niños permite la expresión del niño mediante el lenguaje del espacio, cuyo dominio permite transformar el entorno. Subrayo lo del lenguaje del espacio, porque necesitas de las técnicas además de la emoción para expresarte. El tercer motivo de por qué la arquitectura es buena para la infancia, es que contribuye a la atmósfera simbólica donde vive la infancia. Santiago de Chile tiene un tipo de arquitectura distinta a Bogotá, porque, aparte del clima, y los niños han de entender eso, la arquitectura es parte de la cultura que te configura. Y a la vez te ayuda a entender tu burbuja cultural y hacerte partícipe de su transformación.

EDUCACIÓN Y DESIGUALDAD

¿Qué ocurre cuando un niño, al entender mejor su entorno, constata que vive en un barrio deprimido? En Colombia y en Chile un porcentaje muy alto de niños crece en sectores vulnerables. ¿Cómo se maneja esa frustración?

Es un tema que va más allá de la educación de las artes y de la propia educación. Trata de la atmósfera cultural a la que me refería al comienzo. Esto lo veo en Colombia mucho, porque es un país con unas desigualdades tremendas, cuyo impacto se refleja en asuntos tan cotidianos como la alimentación. A veces trabajo en colegios donde los niños son muy pequeñitos de estatura, porque no han comido lo suficiente y eso también afecta su desarrollo cognitivo. Viven en casas pequeñas, en entornos violentos, donde muchos sufren vulneraciones en su propio hogar. Entonces te das cuenta de la importancia de los colegios con buenos maestros, porque son la salvación para esos niños.

Foto Jorge Raedó

No obstante, esta diferencia social también afecta a los colegios y hay estudios que indican que el sistema educativo para la infancia en Colombia es un apartheid educativo, una expresión muy dura, que perpetúa las diferencias sociales y las amplía. O sea, no está funcionando el sistema público de educación para limar las desigualdades. Otros estudios muestran cómo afecta la calidad del espacio, y sobre todo del espacio público, el aprendizaje y el bienestar. Es algo evidente, y cualquier arquitecto da por obvio que el espacio condiciona las emociones, y si el aprendizaje sucede en las emociones, es indispensable que ese espacio genere emociones positivas. Pero si el niño vive en una casa donde hace frío, es de mala calidad, sin internet, o está una calle peligrosa, sin árboles ni plazas, donde cuando sales te pueden pegar, y luego, si va al colegio y su arquitectura tampoco es buena, y te pegan también… ¿es posible la educación? No se puede manejar esa frustración sin un proyecto de Estado.

Foto Jorge Raedó

Mucho se repite que la única salida para superar la desigualdad social es la educación. Pero si esta no es posible en ambientes tan adversos, ¿cómo se sale de ese “zapato chino”?

Esa es una afirmación un poco temeraria. Yo lo matizo. Para salir de la desigualdad tiene que existir un proyecto de Estado, un proyecto de todos, con políticas públicas sincronizadas. La educación es una política pública más, imprescindible y urgente, pero no la única. Lo vi en Finlandia, que es uno de los países menos desiguales del mundo, donde, acorde a la constitución de los estados modernos, cualquier niño o niña puede ser el presidente. Eso en Finlandia es verdad, todos se lo creen y trabajan para que así sea. Gracias a la enseñanza, los niños hablan varios idiomas. Los colegios preparan a todos los niños, incluso a los que provienen de hogares muy vulnerables y a los migrantes, para que puedan seguir una carrera universitaria. Es un país en que todos saben que un niño que no está bien integrado en la sociedad es un problema con muchas consecuencias y costos sociales. Los colegios son la puerta de entrada del niño en la sociedad. Entonces, cuando el niño o la niña nacen, y ven que la sociedad los ha cuidado, aprenden que son responsables de su Estado. 

LA ENSEÑANZA DE LAS ARTES Y LOS MAESTROS

Según su experiencia en España, Finlandia, Colombia… ¿tiene espacio el arte en la educación?

La educación de las artes puede suceder en muchos lugares, pero enseñar arte en los colegios es difícil, porque en el currículum tiene que competir con muchas materias. Por eso en países como Finlandia, donde viví cuatro años, existen las escuelas de arte para infancia en todas las ciudades, y el niño, al salir del colegio, puede elegir si ir a aprender dibujo, pintura, etc., o música, o deporte. En Chile ustedes cuentan con Cecrea, iniciativa del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, que está haciendo unos programas extra- programáticos excelentes de educación de arte para niños en muchas regiones.

Foto Jorge Raedó

Usted vivió cuatro años en Finlandia, cuya educación es considerada de las mejores del mundo. ¿Qué impresiones puede compartir al respecto?

Hace unos años preguntaron a los finlandeses qué es lo que más valoraban de su país, y dijeron “la educación”. Los finlandeses saben que su principal re- curso es la cabeza, porque no tienen petróleo ni otras riquezas naturales. En los años setenta implementaron una serie de medidas para potenciar la educación, y una de ellas es la formación del maestro. Pedagogía hoy día es la carrera más solicitada, junto a medicina, pero solo el 10% de los que quieren ser maestros consiguen entrar, ya que las pruebas de acceso son muy exigentes y las plazas de trabajo están acotadas. Aunque no está prohibida la educación privada, en Finlandia casi toda la educación es pública y se sabe muy bien cuántos maestros hay, cuántos alumnos, cuántos maestros van a jubilarse, cuántas plazas dispo- nibles existen. Entonces es una profesión muy respetada por la sociedad, y la sociedad confía en los maestros, los maestros confían en los niños, y los niños en los maestros. La palabra confianza es fundamental en la educación.

Jorge Raedó Álvarez

Jorge Raedó (Zaragoza, España) es director de teatro y dramaturgo por el Institut del Teatre – Universitat Autònoma de Barcelona. Previamente estudió en la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona. Desde 2008 realiza proyectos de educación de arte para infancia. A partir de 2011, en Finlandia, y desde 2015 está radicado en Colombia. https://osamenor10.blogspot.com/ es el sitio web en donde recopila su trabajo investigativo.